Los adioses

¿Qué se debe decir en los adioses? Nunca tendré una idea clara del concepto de un adiós. Estos no tienen palabras, mucho menos un sonido, solo las imágenes que nos quedan como recuerdo, aunque el despedido no esté presente.
(El sol desde mi ventana y un ave que cantaba descendía a la ventana de un departamento.)
Hoy fue un día de varios dulces hasta luegos y el final de un largo adiós.

Semejante a la noche

De mi niñez tengo un primer recuerdo, el nacimiento de la oscuridad serena de las primeras noches. Me abordan muchísimas imágenes, fragmentos, pero es fácil confundir el sueño con el recuerdo, y creo que en lo normal los sueños se confunden con la realidad al retornar a nuestra niñez. Así es mi primer sueño: una bestia inconsciente en la cama de mis padres y mi abuela lavándonos las manos a mí y a mis compañeritos de la guardería, todo envuelto en las tinieblas; pero mi primer recuerdo es para mí mucho más surreal: mis hermanos no natos dormían en mi madre, era de noche y yo exploraba mi casa en el silencio nocturno, buscando encontrar algo que ni yo sabía si existía. Y ambos escenarios son unidos por la oscuridad. Fue necesario que el fuego fuera dominado para que el poeta pudiera cantarle a la noche desde la seguridad de la polis a la luz de la luna, y así el descubrimiento de la oscuridad fue desde una seguridad mucho más nostálgica de cosas que no había vivido más que por los relatos de familiares y sus tiempos pasados. En aquellas anécdotas la oscuridad era mucho menos espesa, con las noches oliendo a comida corrida, bombillas solitarias, un viejísimo local en alguna calle del Centro, calles a la luz de la luna, pero siempre esferas negras como un museo cerrado y durmiente nacidas de mi imaginación. Me sentía seguro desde la calidez de las palabras o las viejas películas mexicanas con sus vastos escenarios nocturnos, y tan solo eran las 10 pm, máximo 11 pm al vivir en casa de mi tía. ¿Cómo iba a imaginarme que muchos años después compartiría noches enteras con completos desconocidos o amores sonrientes? La noche sonríe. La dirección de mi vida ha tenido dos vertientes, una encrucijada en las que los senderos se abren paso como fantasmas uno del otro: sueño y memoria. Y el más claro ejemplo es que la oscuridad infantil habitaba especialmente en dos lugares: la habitación de mis abuelos y el jardín del segundo piso. Una habitación de 4 x 2.5 con paredes que mostraban capas de pinturas descarapeladas unas sobre las otras (“Ya salte de ahí, que tus abuelitos quieren dormir. ¡Y enciende la luz que pareces loco!”), una consola gigantesca con un tocadiscos que hace mucho se perdió (“No puedes quedarte ahí, que tu abuelito tiene una enfermedad en los pies”), una ventana enorme sobre un balcón solo accesible desde el antiguo cuarto de mi prima que daba a la infinita calle 4, (mi dulce y pútrido asfalto que aún arrastra centenares de pétalos de jacarandas tiernas) (“Esa consola tiene muchísimos años y tú la vas a deshacer en unos días”), y montones de ropa vieja con viejos objetos olvidados por la ejercicio del “botar”: ahí quedaron los recuerdos. (“Fue tu abuelito quien sembró esa jacaranda. Y las Huele de noche yo las traje de su tierra.”) Y las jacarandas floreadas en primavera eran inconcebibles de noche por ese ventanal, (“No te asomes que un loco te va a disparar”) pero arrancaban en mí una ilusión fantasmagórica: el farol de la calle iluminaba parte de la habitación con una enigmática forma geométrica digna de una película noir, cortando todo entre geometrías doradas y la negrura natural de las cosas. Puedo ver a mi abuela sentada a la orilla de su cama después de inspeccionar el sueño de toda su familia. Toma una pastilla entre la luz del ventanal y un camión que ruge en una calle lejana. La introduce en su boca y con sus dientes postizos la hace tronar con un sonido muy fuerte, obsequio del sueño en la casa. Su respiración es tranquila y ruidosa junto con el sueño de su marido. Mira la oscuridad y busca una idea. Tiene demasiado sueño. Y a la noche siguiente mi tía enciende desde su habitación la luz del jardín del segundo piso y mi prima, mis hermanos y yo salimos por la puerta que da desde su pieza. Un solo foco alumbra lo suficiente para que sus plantas agradezcan el canto de los grillos. Las Huele de noche lo llenan todo son su fragancia que más me recordaban la navidad que otra cosa. Mi prima y yo cruzábamos ese pequeño jardín custodiado por un enorme y viejo tinaco gris para asomarnos al patio de al lado: la trastienda de una abarrotería que asemejaba un viejo deshuesadero donde todas las tarde lográbamos escuchar el rugido de Simba, una cría de león que nuestro vecino consiguió en el mercado negro y el cual jamás vimos de frente. (“Cuando el cielo se pone rojo en la noche es porque va a temblar”) Y una vez en la cama donde dormíamos todos juntos, podía ver a través de las ventanas del jardín un enorme árbol oscuro que se elevaba en alguna calle cercana, semejante a una crucifixión por el cruce de las luces de los aviones a punto de aterrizar. A veces el cielo era rojo, otros azul y estrellado, y durante semanas era gris. Y toda la oscuridad que rodeaba la noche se ensalzaba con las platicas de mi prima, de chismes y mitos urbanos que escuchaba de compañeritos de la primaria, muchos de los que me tragaba mirando la noche e imaginando lo terrible que debe ser ver los mensajes subliminales de Disney, la Llorona buscando a sus hijos en plena Av. Ignacio Zaragoza, casi llegando a Puebla, los muertos debajo de los escombros en 1985 o, peor aún, el Apocalipsis según San Juan recordado y esperado ansiosamente por mi abuela. En ese entonces era la verdad. Pero yo tenía demasiado sueño. A un cuarto de mi vida me pregunto dónde estará esa oscuridad. A los 25 años he visto muchas noches, he visto muchas zonas de esta Ciudad y algunas del país donde la noche es mucho más vasta, fresca y abierta a la melancolía. En mi primera noche de mi primer viaje a San Fco. Del Rincón vi en plena madrugada, en las escaleras del hotel donde me hospedé a un viejo campesino lamentándose el descuido en que estaba la figura de una virgen. El completo e insoportable silencio de las habitaciones herméticas quebraban con el sollozo y rezo de un hombre que en verdad conocía el sonido del viento. Lo observé unos minutos con la poca luz que brindaba el tragaluz a 5 metros de nuestras cabezas y volví a mi habitación. Si uno se encuentra en la oscuridad, la noche no se encuentra igual en todos lados ni en todos los tiempos. Estoy sentado cerca de mi ventana al escribir esto, y escucho su ruido natural y caustico como un concierto barroco donde contrapuntean los ladridos, el generador de la fábrica vecina y los petardos o disparos de arma de mano, nada como el silencio de mi niñez. Sé que los sonidos de cada noche son únicos, que jamás hay dos similares, como copos de nieve cayendo en la ventisca. No he vuelto a escuchar esos silencios totales interrumpidos por el rugido de camiones o vochos o una sirena a la distancia. Un gato ha llorado en el estacionamiento. Oscuridad semejante a la noche de los días pasados puede ser el vacio al cerrar los ojos y taparse los oídos.

El mentiroso pisa la tierra



No por nada la actualidad es la actualidad y la nostalgia permanente es de la posmodernidad. Cuando uno aprende de los escritores, es de los de tiempos anteriores: en América Larina, vanguardias, boom, postboom. He leido El Mito del Eterno Retorno, de Mircea Eliade y ahí estan los arquetipos humanos y mitologicos de las culturas antiguas, fundacionales del mundo, y creo que algo pasa con la posmodernidad: la busqueda del arquetipo y cierta hibridación de la historia humana. Lógico, este libro fue publicado en 1945 y la posmodernidad aún se vislumbraba como algo teórico tras el fin del posible fin del mundo. Así que tenemos, como dice Fredric Jameson, un retorno a la nostalgia en el arte de un tiempo perdido. ¿Qué tan presente es esa nostalgia en nuestro tiempo? Soy conciente del problema del arte en general, pero me enfocaré a los escritores. El principal problema a la hora de escribir, de formarse como escritor, ya la había planteado Proust al emanciparse de Ruskin: el alumno debe alejarse del maestro y ver plus ultra, objetivar su relación con la vida y el entorno que le rodea para poder escribir en busca se sí mismo. Es ahora y siempre la tarea del autor no solo leer los clásicos, sino negarlos antes del tercer canto del gallo. Aprender de la nostalgia del mundo que ya no es para realizar una transubtanciación de este en letras. El lujo de la inspiración y la presunción de la influencia de maestros no se puede dar en el lujo de las letras (tal vez sí en el arte plastico que es más obvia) pero siempre hay que robar y mentir a la hora de escribir. Y es ello en la literatura, el lujo de mentir bien la realidad. Ahora tenemos los medios masivos electrónicos, Twitter, Facebook, Youtube, la nueva ola de cine mockumental, los videojuegos para afinar y buscar la nueva e infinita forma narrativa, y como en un L.A. Noire, buscar la nostalgia del mundo ¿Qué manera más bella de mentir más que la desaparición de la identidad absoluta en las mascaras del medio electronico, la nostalgia del mundo pasado como realización de este? Hasta mentir de los clásicos, retomarlos y hablar mal de ellos, hacerlos uno mismo con su experiencia. ¿Qué más se le puede pedir a la epoca del "mío" y el individualismo? La creación y la mentira literaria está a la vuelta de la esquina. Siempre hay que mentir.

Mirar a Onetti


Tuve lastima y simpatía por aquel muchacho, bien vestido con pobreza y mal alimentado pero compensado por aquel amor absurdo, por la fijación de sus ambiciones.
Onetti. Cuando ya no importe.


Yo nunca leí a Onetti. O al menos como él quería que lo hiciéramos, sus lectores a los que no nos dedicaba nada más que a el mismo (un vaso de whisky en mano, un cigarro eternamente prendido, suave, triste, estúpido en su existencia). Pero siempre traté de mirar a Onetti. Mi primer contacto con Onetti fue un año antes de su centenario, exactamente en las fechas de los 99, agosto del 2008, en un curso con Carlos López sobre novela latinoamericana. Tocó leer Juntacadáveres por petición de una compañera emocionadísima por la anécdota sobre el encuentro de Borges y Onetti en una cervecería de Buenos Aires que ese mismo profesor nos había relatado. Teníamos que leerla en una semana y cuando fui a la librería tenía muy poco dinero y no me alcanzaba para la edición de Punto de Lectura que se antojaba muy económica. Terminé llevándome Los adioses, hipnotizado y enternecido por su suave y melancólico titulo. Fue de terror cuando me percaté que había llegado a la página 50 (el libro duraba unas 100) y no se me había pegado ni una sola palabra del narrador, el tendero que atiende el almacén de suministros en la colonia de leprosos en las montañas. Recuerdo que solo había quedado una escena muy bien plasmada en mi memoria que venía muy a menudo a mis noches: cuando el viejo tendero cuida a la mujer joven dentro del auto alquilado que los lleva al hotel donde el basquetbolista retirado la espera. Lo relacioné, en primera instancia, con una estética oscura, silenciosa, melancólica y pesimista pero hermosa, que no se alteraba por estas palabras, sino por una poética rara: el cine negro norteamericano. Hubo mucho, de lo visual en Onetti que me obsesionó por encontrar, algo que me ahuyentaba de sus lecturas: el sondeo de los instantes de silencio, de la oscuridad, de un lenguaje que no me hacía ver solamente palabras ni me llevaba por ideas filosóficas y laberintos borgianos, ni por los juegos tragedicos cortazarianos. Lo maldije, chasqueando la boca, porque ninguna palabra se me quedaba en la cabeza.
-Pinche Onetti.
Pero ahí estaban las imágenes.
Seguí odiándolo y llegó el año 2009, un año que pudo bien enfermarlo y recluirlo los 365 días en su cama, enfrascado en noveletas policiacas o si no buscando lo hermoso en Proust.
Hace poco encontré un par de entrevistas que le hicieron en España en sus últimos años de vida. Uno puede verlo sin camisa, quemado por la edad (¿tostado como sus diarios viejos en las ventanas?), tirado en una cama anclada en un departamento en la calle América, en una Madrid que deseaba ser Madrid tras la muerte del viejo fascismo, al leer las primeras “entradas” de su última novela Cuando ya no importe:

También recuerdo que en aquellos tiempos la gente de Monte huía de su ciudad, cruzaba el rio para llegar a la gran capital transformada entonces en cabecera del tercer mundo (…) No puedo olvidar a los de Monte (video) que soñaban con otro modo de vivir, los del todo o nada, los que no temían apostar suicidio contra vivir de verdad en aquellos países europeos de donde llegaron sus abuelo, desde España e Italia, se fusionaron y así quedo creada la raza autóctona.

Esta es una novela que parece un testamento y al mismo tiempo una carta final de despedida. Pero esta novela la abordaré más adelante.
Para estas fechas Onetti tendría unos 102 años de edad. En el año 2009 se celebró su centenario. Fue un evento silencioso y taciturno ver la fotografía de un enorme anuncio espectacular sobre el teatro Solís de Montevideo, con un Onetti en blanco y negro, mirando sobre “Monte” y a lado de su figura la fantástica frase “Onetti es Montevideo”. El centenario trajo una oleada de artículos periodísticos, dos películas (Yo nunca leí a Onetti de Pablo Dotta y Mal día para pescar de Alvaro Brechner, basado en el cuento “Jacob y el otro”, y el año anterior la alemana Nuit de chien de Werner Schroeter, basado en la novela Para esta noche), conferencias, ensayos nuevos o reeditados (de los que sobresalen la reedición de la serie de ensayos de Hujo J. Verani Onetti: el ritual de la impostura y el inédito del ahora Nobel Mario Vargas Llosa El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti.) y entre ellos, un puñado de cartas recopiladas y editadas por Verani, Cartas de un joven escritor. Correspondencia con Julio E. Payró.
Un volumen epistolar de Onetti. Es bien conocido que mucho de lo que él creó terminó destruido o perdido en algún viaje. Cuando Dolly Muhr fue entrevistada en el año 2009 declaró que el Onetti cascarrabias, silencioso y huraño fue solamente una imagen que se dio con el tiempo y la molestia social, guardando celosamente para algunos afortunados al ganarse su confianza a un ser cariñoso y atento, que gustaba de escuchar y conversar, bromear ácidamente y declarar asuntos y puntos sobre su pasado oculto.
Ahora retrocedamos muchos años antes, a la época de entreguerras. En los años treinta hay un Onetti sensible, hambriento de leer y escribir por sobre toda penuria: la pobreza, la falta de tiempo, la rutina, la soledad, la melancolía por el encuentro con su compañero de experiencias estéticas, Julio E. Payró (Buenos Aires, 1899-1971), pintor, crítico de arte y ensayista que nos muestra a un Onetti que habla de una de sus pasiones, el arte. Lamentablemente en este epistolario no tenemos ninguna respuesta de Payró porque Onetti llegó a destruirlas o perderlas, a diferencia de Payró quien guardaba y fechaba las epístolas, costumbre de la que Onetti carecía.
Onetti trabajó muchos años en el semanario Marcha. En ella escribió columnas bajo los seudónimos Grucho Marx, Periquito el Aguador, o como un anónimo que dirigía cartas a la redacción y hacía crítica y opinión de cine, literatura y política actual. La tesis primordial en varias de las columnas fue la renovación de la literatura. Hay un aire de reclamo por la literatura nacional, su contexto y concepción. ¿Hay una nacionalidad en el regionalismo gauchesco, en la literatura de la pampa? Hay un abuso, nos dice Onetti:

Los pocos datos que tenemos del concurso de cuentos que organizó Marcha parecen indicar una gran mayoría para aquellos trabajos cuyo primer argumento se desarrolla en el interior del país (…) Lo malo es que cuando un escritor desea hacer una obra nacional del tipo de lo que llamamos “literatura nuestra”, se impone la obligación de buscar o construir ranchos de totora y velorios de angelitos y épicos rodeos. Todo esto, aunque él tenga su domicilio en Montevideo.

Escribir la nueva literatura, una literatura del siglo XX en el centro mismo del siglo XX: la ciudad creciente, dando como resultado que el retorno desde lo urbano a la pampa se siente superficial, importada, idealizada y distinta de la realidad. Siempre característico de Onetti, su antiacademisismo, ir en contra de la literatura “libresca” y formal (nunca pasó del liceo, el nivel secundario por razones ambiguas: miedo a exámenes y abusos de sus compañeros). La nueva novela, la novela urbana debe ser creada por una poética diferente, renovadora, que se adecúe a la velocidad y abigarramiento de la ciudad, de la realidad barroca y moderno que es el entorno de las calles, lo cosmopolita de las crecientes metrópolis. Onetti encuentra su manera de narrar tempranamente, con sus propios ojos:

Siempre he sacado poca o ninguna utilidad de mis lecturas sobre técnica y problemas literarios; casi todo lo que he aprendido de la divina habilidad de combinar frases y palabras ha sido en críticas de pintura. Y un poco en la música. El por qué de esto no lo veo muy claro. Acaso la pintura es mucho más oficio que su otra hermana; al tratar de ella la gente se refiere, trabaja con elementos concretos y demostrables (…) El color en pintura es color; en literatura es imagen, maneras de decir, de aproximarse a la sensación que –a Dios gracias- termina siempre de escapar.

Es sorprendente saber que un escritor que fácilmente por la clasificación de Umberto Eco saldría a relucir una medalla de “apocalíptico” resultara ser un “integrado”, optimista con la situación de su contexto cultural. No solamente es la idea de un joven ambicioso, sino de alguien inteligente que conocía muy bien la crisis cultural de su país y del escenario literario del Rio de la Plata. La construcción de la ciudad lo vendrá acompañando toda la obra, la creación de la ficción. Suenan entre sus primeras influencias Joyce (que retomaré más adelante), Faulkner, Proust, Celine, Dos Passos, incluso la novela de Torres García, Ciudad sin nombre. Pero no podemos dejar de lado que uno de sus primeros maestros literarios y gran admirado por él fue Roberto Arlt, el único latinoamericano al que llamó “genio”, que plasmó el barroquismo de la cosmopolita Buenos Aires desde su interior, un núcleo duro que se deseaba constituir en América Latina. Las Aguafuertes porteñas de Arlt retratan un estrato social que debió haber atrapado al joven Onetti por la cercanía a su realidad, la miseria, pero sin la idealización de la literatura gauchesca de la época, sino de un pesimismo con el que el ciudadano normal, obrero y trabajador pobre se sentía identificado (demostrado en la venta del periódico donde Arlt publicada sus Aguafuertes.)
El moverse en la metrópoli (un joven recién llegado al Buenos Aires efervescente, cosmopolita) puede ve en su cuento, “Avenida de Mayo –Diagonal- Avenida de Mayo” que abre con un movimiento perpetuo, el de un flaneur:

En Rivadavia un automóvil quiso detenerlo; pero una maniobra enérgica lo dejo atrás, junto a un ciclista cómplice. Como trofeos del fácil triunfo, llevó dos luces del coche al desolado horizonte de Alaska. De manera que en mitad de la cuadra no tuvo mayor trabajo para eludir el ambiente cálido que sostenían en el afiche los hombros potentes de Clark Gable y las caderas de Crawford; apenas si tuvo un impulso de subir al entrecejo las rosas que mostraba la estrella de los ojos grandes en medio del pecho.

Y el inicio de su segunda novela remite a la plástica y el juego óptico de los impresionistas franceses:

El taxi frenó en la esquina de la diagonal, empujando hacia el chofer el cuerpo de la mujer de pelo amarillo. (…) Una mancha de sangre: “Bristol”. Enseguida el cielo azuloso y otro golpe de luz: “Cigarrillos importados”. Nuevamente el cielo. En la cruz de las calles las enormes letras golpeaban el flanco del primer rascacielos, su torre escalonada. Bristol, el aire, cigarrillos, pequeñas nubes. Los golpes rojos corrían por las azoteas desiertas, manchando fugazmente el gris hosco de los pretiles.

En las cartas a Payró se mencionan a Cezanne, Gaughin, Rousseau y Torres García como pintores favoritos y estudiados por el joven Onetti. En este último ejemplo, la óptica que hace el narrador representa el flujo de imágenes que provocan cierto vértigo en la personaje rubia, un elemento que los impresionistas perfeccionaron a finales del siglo XIX al crear métodos de pintura rápida y al aire libre, captando una escena urbana o campirana en un cuadro, respondiendo a la aparición de la fotografía y su exacta representación. Onetti menciona El realismo mágico de Franz Roh, y cronológicamente, es una de las primeras veces que se menciona el término en la literatura latinoamericana, antes que Carpentier. Pero el abordaje que le da Onetti es muy diferente a las del cubano: Roh encuentra en los impresionistas y posimpresionistas una “vuelta a lo real, a una nueva objetividad y, ante todo, a una estética que no quiere ser imitativa, descriptiva o anecdótica, ni un reflejo de la naturaleza, sino una creación que reconstruye el mundo de lo visible, poniendo de manifiesto la convivencia de lo objetivo y lo subjetivo, lo irracional y lo racional”. Ahora Onetti tiene una visión que puede ir más allá de la literatura formal. Pero a la vez que sostiene su poética, se niega a que la literatura sea en si una colección de imágenes o retratos sociales naturalistas, criticando la evolución del arte y la permanencia, el estatismo de la narrativa:

Si estuviéramos juntos, con tiempo y cigarrillos, preguntaría por que admite que la pintura puede y debe evolucionar, quizá hasta sustituir los Newton & Windsor por luces de colores (…); y en cambio sostiene que la novela debe permanecer siendo una colección de retratos.

Onetti no escribe la escena, la toma cinematográfica con la que siempre jugó, sino nos describe una pintura que habla por sí misma, y se funde en una subjetividad que sobresale en las acciones y pensamientos de los personajes. Los experimentos en Tierra de nadie se notan en la descripción de las manos en cada capítulo: “Afuera, en la luz del corredor, otra mano avanzó, doblándose en el pestillo.”, “El otro apartó lentamente la mano con el cigarrillo…”. El mismo enfoque abre magistralmente la noveleta Los adioses (considerada su favorita): “Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entro en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada.” Y descripciones de la luz, en Tierra de nadie, que se desarrollan en el consultorio de un psicólogo y se transforman en la oscuridad que no veremos hasta que David Lynch (estudiante de arte en su juventud) jugara con el claroscuro de las pesadillas:

Frente al médico estaba en el rincón del techo sombrío, más oscuro a medida que lo miraba, un vértice que segregaba la noche. Y había que estar allí, sumergirse en la entrada oscura hasta quedar solo y hablar sin escucharse la voz, desinteresado de las confidencias del hombre flaco que iba a monologar en el diván.

El origen de esta última novela es la más pictórica de todas, donde la ficción se combina con el ideal artístico. En Tierra de nadie, el protagonista Aránzuru sueña con ir a la isla de Farurú en el Pacifico, cerca de Tahití. El nombre de la isla está basado en una pintura de Gauguin titulada Afaruru, “donde se hace el amor”. Es en este mismo archipiélago, en la novela, donde vivió Gaughin después de hartarse de la vida parisiense y la superficialidad del entorno artístico, buscando la pureza en la naturaleza misma. Onetti se lo menciona a Payró repetidas veces: en la primera carta “Qué decirle de su carta sobre mi islita, ínsula o islote?” y en la carta 49 “porque quiero comprar un terrero en alguna playa, lejos hacer un rancho, conseguir veinte o treinta pesos mensuales de renta y so long. Es la sustitución de Tahití (…) Contésteme con la mayor anticipación posible a su viaje a fin se ir organizando mis tareas en Reuter y resolver en definitiva la fecha de la ida a Faruru.”, lugar a donde incluso invita a Payró a pintar, en la soledad, buscando la pureza.
Pero como había mencionado líneas arriba, existe siempre en Onetti una repulsión al “escribir bien”, el literalizar la escritura que también aplica en una charla cotidiana con Payró: “porque oralmente es posible que yo hable seriamente de cosas serias, hablo mal, vacilo, sustituyo las exactas palabras que no se me ocurren con palabretas mas o menos sonoras. Y esto me permite abandonarme, ser natural, libre de sospecha, de pedantería y trascendencia.”
Y de esta crítica no se salva ni un joven Julio Denis (seudonimo del primer Cortázar) de sus preocupaciones literarias, de escribir cuando se tenga que escribir, sin querer engañar al lector, como reza su decálogo de 11 mandamientos:

En cuanto a lo que me dice sobre Cortázar and Co., estamos de acuerdo y es un problema que me preocupa. Tengo miedo a una literatura o a cualquier arte que requiere una clave para su comprensión, clave que amenaza ser secreta y la empresa se reserva el derecho de admisión (…) Y digo porque en muchos casos innominables no se trata de diferencias mentales entre el escritor y sus lectores sino de la tan vieja tontería de buscar con deliberación y empeño aquello a que estamos condenados y los disimulos no bastan: la originalidad (…) aconsejo escribir como y que salga del forro del estomago. Pero es difícil; difícil el estado de pureza y desnudez, el total abandono. Y sin embargo uno lo hace sin esfuerzo cada vez que se enamora para siempre.

Pero pasarían por desapercibidas algunas expresiones que son clave en la futura obra, iniciando con La vida breve, su novela más ambiciosa, y sería el tema obsesivo y fuente de muchas de sus historia. Hablando del gusto que le da recibir noticias de Payró y María Julia, su segunda esposa, dice: “Y ahora permita que purifique mis manos, deje el polvoriento calzado a la puerta del templo, doble la cabeza, golpee el pecho, me derrumbe en éxtasis y relea ese milagroso coctel “con agua pura” del señor H.R. Kiernan”, y comienza el siguiente párrafo, “Regresemos a la tierra”, y en la misma carta, comentando el artículo de Payró sobre Rousseau y el Realismo mágico de Roh se sorprende: “Y, mal psicólogo, no imaginaba que pudiera tener un alma tan pura y tan cerca de Dios.”
Está claro que Onetti no era religioso, para haber escrito en Marcha durante gran parte de su existencia tenía una idea de la izquierda y cierta militancia ideológica, por más que se alejara de la política, uno se encuentra con un detalle plástico en el capitulo “El peinado” en La vida breve:

La barriga me pareció más pequeña, insignificante, apenas el símbolo de una virgen gótica.

Habla Brausen, creador de la mítica Santa María, escritor fracasado que habla de su mujer quien sufrió hace poco de una ablación de mama y la convierte en un símbolo religioso gótico, en una Santa Ágata. En la obra de Onetti posterior a La vida breve se encuentra un eje que heredó de sus lecturas de Joyce: la transformación de mitos antiguos en narrativa actual. Joyce transformaba los mitos clásicos, un Ulises en la Dublín de inicios del siglo XX. Onetti transforma los mitos cristianos en cuentos y novelas de Santa María, reconstrucción de las historias clásicas y morales Occidentales en un mundo donde el Dios creador de todo es el escritor, el mentiroso máximo. Uno de sus mandamientos es “Siempre mentir”, el decálogo del Dios creador. La creación literaria nace del narrador, un pequeño Dios. Hay una triada con los personajes de la novela, Brausen/Arce/Díaz Grey, el segundo y el tercero son la creación de Brausen, mascaras para entrar en otras realidades: el mundo de la vecina del departamento de al lado, La Queca y el otro dentro de Santa María. El habito de Onetti de permanecer todo el día tirado en la cama, leyendo o escribiendo se vuelve el rito de transfiguración de Brausen en los rastros que encontramos desde El pozo, donde Eladio Linacero cerraba los ojos y los abría para poder tener sus aventuras, sus ficciones. Brausen hace lo mismo para poder transformarse en Arce o imaginar las peripecias de Díaz Grey y Elena Sala en su persecución del joven gigoló. La posición de acostado es el símbolo de la muerte y la resurrección, un Cristo envuelto en el lienzo del aire que sucede en el capitulo “Pequeñas muertes y resurrección”, y en esta transición se da la vida breve, la ficción que solo se vive por un momento como huida a la realidad aplastante que nos azota en la actualidad. El capitulo “Los desesperados” es un verdadero misterio para mí. Díaz Grey y Elena Sala llegan a la casa de un obispo a las orillas del Plata y al comer con ellos, da un sermón donde hace analogía a Job y su bella tragedia, la resistencia del pobre frente a la adversidad de Dios y Satanás (que jamás los menciona directamente) y este episodio es imaginado por Brausen en la misma oficina que crea su mentira de la agencia de publicidad y Onetti, quien le renta el piso, aparece de espaldas a su mirada, duro e insondable.
Podemos encontrar muchísimas referencias de la Biblia en toda la obra, como por ejemplo “Jacob y el otro”, el cuento donde el viejo y cansado luchador vence al joven sanmariano superando toda expectativa posible y recuerda el capitulo bíblico de Jacob, uno de los padre de Israel, donde al vencer a un ángel en un combate mano a mano, Dios le declara que lo ha vencido a el mismo superando toda expectativa, ganándose totalmente el titulo de primogénito en su familia. El cuento “El infierno tan temido”, la demoledora historia de amor y maldad, y en que el amor se convierte en la más grande pasión (recordemos la raíz passio que nos da Kundera, padecer), un éxtasis y revelación previa a la muerte, que tiene su origen en una anécdota melosa y dramática que le conto el futuro presidente Luis Battle Berres, pero el titulo proviene del anónimo Soneto a Cristo crucificado :

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.



El tema de lo religioso en Onetti está muy poco estudiado, pero es claro que ahí existe y muchos críticos lo han detectado. En toda mi búsqueda no pude encontrar ni un solo artículo o nota más que unas cuantas menciones al comentario “el escritor religioso más grande de Uruguay”. Los puntos antes tomados inscriben los gérmenes de este lenguaje religioso desde su juventud, mostrando su interés en la transformación de los mitos cristianos en literatura, queriendo darles una magnitud única que no llegue a la predicación, o la habladuría religiosa, sino una magnitud poética en la relación creador-obra.

Verani comenta en su introducción de Cartas de un joven… que La vida breve contiene uno de los capítulos mas plásticos de toda la obra: “Naturaleza muerta”. En este, Brausen entra en el departamento de La Queca y observa la quietud de la soledad y la ausencia.

La luz caía verticalmente del techo y luego de tocar los objetos colocados sobre la mesa los iba penetrando sin violencia. El borde de la frutera estaba aplastado en dos sitios y la manija que la atravesaba se torcía sin gracia; tres manzanas, diminutas, visiblemente agrias, se agrupaban contra el borde, y el fondo de la frutera mostraba pequeñas, casi deliberadas abolladuras y viejas manchas que habían sido restregadas sin resultado.

Según Verani, Onetti le confesó a Luis Harrs que le “robó” la imagen a una naturaleza muerta a Ivan Albright. En la obra de Albright, parece que la carne toma vida solo para morir de nuevo, de colores fríos y oscuridad en el escenario, las masas cárnicas de sus retratos parecen comenzar a caerse y enfriarse antes de la podredumbre, pero los detalles de escenografía como mesas, objetos que acompañan a tales personajes en putrefacción son de un detalle increíble: peines, jarrones, vasos, billetes, escasas flores en floreros de vidrio, trazando un panorama plástica pesimista y oscuro como en la prosa onettiana. Pero es apasionante un detalle que no da en la descripción de la oficina de Díaz Grey:

En el rincón opuesto al que ocupaba el biombo había un ancho escritorio en desorden, y allí comenzaba una estantería con un millar de libros de medicina, psicología, marxismo y filatelia.

Contrastándolo, Borges hubiera dado el nombre de muchos de los libros incluidos en esta estantería, muchos de ellos inventados, pero Onetti no los ha dado, no le importa, es la imagen del anonimato de lo libresco lo que le importa, colocarlo en segundo lugar y no hablar de las lecturas. Leer a José Lezama Lima era leer lo que él había leído, lo mismo con Borges, pero con Onetti, es leer lo que él vio, las criticas de pintura que el leyó.
Lamentablemente no tenemos cartas de la época de la redacción de La vida breve ya que Onetti vivía en Buenos Aires y por ende, tuvo un contacto muy cercano con Payró, evitándole la necesidad de escribirse. Es bien conocida la anécdota del origen de La vida breve: en aquella época, Perón prohibió (otra obra maestra resultado de la prohibición es El pozo) los viajes entre Montevideo y Buenos Aires. Onetti quedó atrapado en Buenos Aires y por nostalgia creo su ciudad literaria, Santa María. Un capitulo germen es el cuento “La casa en la arena”, donde conocemos por primera vez a Díaz Grey, un joven médico que receta morfina a dos adictos y está escondido en una casa de playa mientras se resuelve la demanda legal que lo acusa, enterrando un viejo anillo misterioso en la arena cuyo origen se resuelve hasta la última novela de 1993: el vestigio de un viejo amor.
Encontramos también grandes referencias a canciones en toda su obra, como La vie en rose de Edith Piaf en Los adioses, las chanson anónima que canta Mami en el capitulo “La vie est brev” y da el titulo de la obra o las canciones alemanas que cantaba el Príncipe Orsini al gigante luchador Jacob para que se duerma, tal cual canción de cuna en “Jacob y el otro”. Y son estos resplandores de elementos clásicamente ajenos a la literatura, las piezas de construcción de la ficción para Onetti en su batalla contra la literatura bien hecha, no para deconstruirla, sino crear la literatura desde otros elementos, plus ultra de lo libresco, con sus gustos: la música, la pintura y la literatura.
Pero Onetti muy pocas veces habló sobre su vida privada, lo evitaba, aunque al final de su vida lanzó muchos detalles en las decenas de entrevistas que le realizaron en su departamento en Madrid. En una carta encontramos un detalle que hace sonreír a aquel que conozca su habito de lectura y sedentarismo: “Estoy en la cama, leo a Proust.”
Y algunos detalles de su vida con su segunda esposa, a quien llama Madeimoselle Vibert, (la pintora de los veintes) puesto que María Julia era pintora. Pero sobresale la carta desgarradora de su próximo divorcio:

Mlle. Vibert, Mlle. Miracle, ha decidido cambiar su escritor de cuentos por un homérico narrador de voz viva (…) Tenerla a mi lado y verla ardiente y en silencio, como una bestia enferma, de su amor por otro, ver su “cara de tierra y sus desesperados ojos” vueltos hacia el recuerdo y al esperanza de otro hombre. Todo esto después de ocho años de milagro cotidiano, luego de haberme decidido yo a cimentar en piedra mi vida con ella, cortar el resto hacerle un hijo.

Después de la separación notamos que Onetti ya no habla de arte con Payró, se ha roto ese lazo que lo unía con su esposa y por un tiempo deja de interesarle, tratando de no hablar más que de sus lecturas, a veces forzando estas referencia como si tuviera mucho que contar, pero no quiere hablar de ello con Payró, a quien a veces echa en cara su situación de burgués y llegan al choque.
Hay mención de proyectos nunca acabados, perdidos y destruidos que jamás se volverán a mencionar. En la carta 33 hay la mención del plan de hacer una editorial que sabemos jamás se concretara; una novela corta titulada “Disparate”, de la cual jamás se supo que paso con ella. Pero también hay proyectos magistralmente acabados y que demuestra la genialidad, pero la ingenuidad o la falta de interés hacia su obra: El pozo. En una carta de 1939, el año de su publicación:

A todo esto presiento que debe estar intrigado por ese pozo de ahí arriba. Esta es la explicación: tengo un amigo que, a su vez, tiene una imprenta. Quiere hacer una editorial y me ha pedido un libro, chico, lo más posible, para iniciarla. Como yo estaba hundido en una novela (…) recordé cierto relato que mande (a) Sur. Usted lo leyó. Es la historia de un pobre hombre que vive solo y sueña.

Y la siguiente carta está escrita y pegada en la tapa de su primera edición de El pozo que le obsequió a Payró y donde Onetti explica su respuesta:

Aquí tiene el primer libro de su amigo que sale al mundo (…) Amoral, degenerado fueron los adjetivos mas reproducibles cosechados hasta ahora. Sin embargo a Torres (García) le gustó. (…) Ni frio ni caliente; me es completamente lo mismo que se haya publicado o no, que guste o no, que sea un capo lavoro, un libro despreciable o una cualquier cosa de esas que me llegan con corteses dedicatoria a la redacción de Marcha. (…) Absuélvame.

Pero Onetti ya sabía que había creado algo diferente, algo suyo fuera de la órbita literaria de la época, digno de él mismo.
Ahora vamos a jugar con un contraste. Onetti en 1975, después de ser encarcelado por el resultado de la premiación de un cuento en Marcha, se exilia en Madrid donde vive hasta su muerte, en 1994. En 1980 recibe el Premio Cervantes de Literatura, el máximo galardón de las letras en lengua castellana, y en 1993 publica su última obra, una noveleta en forma de entradas de diario titulado Cuando ya no importe.
Esta novela parece un testamento donde Onetti, como Proust o Lezama, comienza a recordar y recuerda también su formación literaria:

Supe el otro día que a ese agujero maldito le llamaban barranca Yaco pero jamás supo nadie decirme por qué.

Barranca Yaco es el capitulo y el lugar donde mataron a Facundo Quiroga, enaltecido también por Borges en Luna de enfrente.
En uno de los capítulos, Carr, el narrador y protagonista (que no estamos seguros que se llame así), recibe un baúl enviado por su ex mujer:

Adentro había un tocadiscos último modelo, una caja más pequeña cargada de discos que llegaron sin quebrarse. Además, sobre todo para mi, dos docenas de libros editados en francés y con las muy conocidas cubiertas amarillas y un álbum con reproducciones de cuadros famosos.

Y en este baúl se incluye lo que fueron los grandes intereses de Onetti con el que creó toda su obra: los discos con música, que no leemos las caratulas pero imaginamos siendo tangos, chansons y piezas de los años veinte y treinta que han aparecido en toda su obra; los libros editados en francés son nada más y nada menos que las ediciones Gallimard de la N.R.F., Nouvelle Revue Francais, de portadas amarillentas con el paso del tiempo. Del álbum de reproducciones se nos menciona una obra en la siguiente entrada del diario:

Aunque el álbum tenía como titulo Pintura de Francia (…) encontré la reproducción de un cuadro de Picasso. Se llamaba La cortesana con el collar de gemas y recordé de inmediato cuando me había deleitado y hecho sufrir aquella mujer durante unos meses que vague en Buenos Aires como marinero sin patrón.

La pintura Mujer con joyas de la época azul de Picasso tras el episodio del suicidio de Casagemas. Entonces en esta remembranza de los tiempos pasados obtiene un sabor proustiano:

Recordé aquellos días, aquellas tardes –menos los lunes- en que el museo estaba abierto (…) Tuve lastima y simpatía por aquel muchacho vestido con pobreza y mal alimentado pero compensado por aquel amor absurdo, por la fijación de sus ambiciones.

Ese muchacho, Carr de joven es Onetti mismo, el Onetti que le escribía a Payró. Y con la maestría que siempre lo caracterizó, de dos pinceladas nos da una rotunda declaración:

Los caballetes habían cambiado de sitio, de las paredes colgaban otros cuadros y mi amor ya no estaba. La injuria al pie de la lamina en la que se leía Memorial Reagan Museum, Texas, era aumentada por un cartel: “Exposición de pintores argentinos posmodernos”.

Una postura contundente contra la posmodernidad, contra el arte contemporáneo, y entonces lo único que hace es regresar a los años treinta, a sus años formativos cuando se escribía con Payró y se encontraba con Torres García.

La última carta es del año 1955, el año en que escribió Los adioses y Santa María se estaba construyendo. Ya hay un distanciamiento debido a la madurez de Onetti, ya conformado como un escritor, aunque no muy conocido. La rectitud y formalidad de esta última carta ha borrado todo rastro de la confianza y energía juvenil que desbordaban las cartas anteriores durante varios años. Estas cartas son una verdadera revelación sobre la formación del padrino oscuro de la literatura latinoamericana del siglo XX. Sería una excelente experiencia el conocer otros volúmenes, pero se teme que no existan más, que se hayan perdido o destruido.
En su última novela, Onetti tuvo el retorno desde el fin de su vida, no como una reflexión de aprendizaje, sino porque sabía que el mundo que se acercaba, al que temía durante los días de la prisión ya habían llegado: donde la única esperanza es la nuclear. La posmodernidad, el internet, la globalización, el solo vio la punta de un mundo líquido en el que ahora los jóvenes vivimos. Pero no se puede negar que fue optimista, un hombre que en su juventud fue ambicioso y de adulto lo entregó todo a la creación literaria. Dentro de su idea pesimista se libra el mismo, la entrega total que dio a la literatura como una salvación, el escape a un mundo de ficción como se ha hecho desde el inicio de la civilización letrada. Fue, entre todo, el milagro de la vista, detrás de sus gruesos anteojos, saltando la miopía, un mundo hermoso que se desmoronaba poco a poco para dejar ver la belleza de la creación humana. Todos, en algún momento de la vida, queramos o no, vamos a mirarnos en Onetti.

El privilegio de mirar. Las 75 peliculas favoritas de Mazaflán Oliveira


Cinema Paradiso (Nouvo Cinema Paradiso, 1988), de Giusseppe Tornatore

Blade Runner (1982) de Ridley Scott

Taxi driver (1976) de Martin Scorsese

Alien. El octavo pasajero/Aliens. El regreso. (Alien/Aliens, 1979/1986), de Ridley Scott y James Cameron.

Casablanca (1942) de Michael Curtis

Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) de Orson Welles

Niños del hombre (Chidren of men, 2006) de Alfonso Cuarón

Pelotón (Platoon, 1986) de Oliver Stone

2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) de Stanley Kubrick

Naranja mecanica (A Clockwork Orange, 1971) de Stanley Kubrick

Días salvajes/Deseando amar/2046 (Days of beign wild/In the modd for love/2046, 1990/2000/2004) de Wong Kar Wai

Gummo (1997) de Harmony Korine

Cloverfield (2008) de Matt Reeves

Petroleo sangriento (There will be blood, 2009) de Paul Thomas Anderson

Repulsión (Repulsion, 1967) de Roman Polanski

Terciopelo azul (Blue velvet, 1986) de David Lynch

Sueños, misterios y secretos (Mullholland drive, 2001) de David Lynch

Ghost in the Shell/ Innocence: Ghost in the Shell 2 (1995/2004) de Mamoru Oshii

El Padrino: Trilogía (The Godfather: Part1, Part 2, Part3; 1972, 1974, 1990) de Francis Ford Copolla

Cinco centímetros por Segundo (Byōsoku Go Senchimētoru: a chein obu shōto sutorīzu abauto zea disutansu, 2007) de Makoto Shinkai

La lista de Schindler (Schindler`s list, 1993) de Steven Spielberg

Seven: Los siete pecados capitales (Se7en, 1995) de David Fincher

Apocalipsis, ahora! (Apocalypse, now! 1979) de Francis Ford Coppola

El pianista (The pianist, 2002) de Roman Polanski

Barrio chino (Chinatown, 1974) de Roman Polanski

Duro de Matar (Die hard, 1988) de John McTiernan

Sector 9 (District 9, 2009) de Neill Bloomkamp

Sin lugar para los débiles (No country for old men, 2008) de Ethan y Joel Coen

Los Buenos Muchachos/Casino (The goodfellas/Casino; 1990/1995) de Martin Scorsese

Evangelion: Death & Rebirth/The End of Evangelion (Shin seiki Evangerion Gekijō-ban: Shito Shinsei/ Shin Seiki Evangerion Gekijō-ban: Air/Magokoro o, Kimi ni; 1997) de Hideaki Anno

Tron/Tron: El legado (Tron/ Tron: Legacy, 1982/2010) de Steven Lisberger y Joseph Kosinski

Fargo (1996) de Ethan y Joel Coen

Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, 1961) de Blake Edwards

Entra al Vacío (Enter the void, 2009) de Gaspar Noé

El Último Emperador (The Last Emperor, 1987) de Bernardo Bertolucci

El Perfecto Asesino (León o The profesional, 1994) de Luc Besson

Los Medulares (This is Spinal Taps!, 1984) de Rob Reiner

La Dulce Vida (Happy-Go-Lucky, 2008) de Mike Leigh

Los Olvidados (1950) de Luis Buñuel

El Gran Lebowsky (The Big Lebowsky, 1998) de Joel Coen

Nueva York en escena (Synecdoche, New York, 2008) de Charlie Kaufman

Anticristo (Antichrist, 2009) de Lars von Trier
Scott Pilgrim contra el mundo (Scott Pilgrim vs. The World, 2010) de Edgar Wright

Interstella 5555: The 5tory of the 5ecret 5tar 5ystem (2003) de Kazuhisa Takenochi

Casino Royale (2006) de Martin Campbell

La provocación (Match Point, 2005) de Woody Allen

Manhattan (1979) de Woody Allen

Mister Lonely (2007) de Harmony Korine

Animatrix (2003) de VV.AA.

Cold fish (2010) de Sion Sono

Solaris (Solyaris, 1972) de Andrei Tarkovsky

Tropa de elite/Tropa de elite 2: O inimigo Agora é Outro (2007/2010) de José Padilha

La Delgada Línea Roja (The thin red line, 1998) de Terrence Malick

Rescatando al Soldado Ryan (Saving prívate Ryan, 1998) de Steven Spielberg

Bodysong (2003) de Simon Pumell

Pulp Fiction (1995) de Quentin Tarantino

Las tortugas pueden volar (Kûsî Jî Dikarin Bifirin, 2004) de Bahman Ghobadi

Inocencia (Innocence, 2004) de Lucile Hadžihalilović

Underground (1995) de Emir Kusturica

María Antonieta: La reina adolecente (Marie Antoinette, 2006) de Sofia Coppola

Tres colores (Three colors: Red, White & Blue, 1993-1994) de Krzysztof Kieślowski

Perdidos en Tokio (Lost in Translation, 2003) de Sofia Coppola

Cara de Guerra (Full Metal Jacket, 1987) de Francis Ford Coppola

Expiación, Deseo y Pecado (Atonement, 2007) de Joe Wright

Cara cortada (Scarface, 1983) de Brian de Palma

Love and pop (1998) de Hideaki Anno

El árbol de la vida (Tree of Life, 2011) de Terrence Malick

Pi: el orden del caos (Pi, 1998) de Darren Aronofsky

Holocausto caníbal (Cannibal Holocaust, 1980) de Ruggero Deodato

El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, 1999) de Daniel Myrick y Eduardo Sanchez

Jamás leí a Onetti (2010) de Pablo Dotta

Depredador/Depredador 2 (Predator/ Predator 2; 1987/ 1990) de John McTiernan y Stephen Hopkins

Los gritos del silencio (The killing fields, 1984) de Rolland Joffé

Por un puñado de dólares/ Por unos dólares más/ El bueno, el malo y el feo (Per un pugno di dollari/ Per qualche dollaro in pìu/ Il buono, il brutto, il cativo, 1964, 1965, 1966) de Sergio Leone

Antiguos continentes



He regresado de un viaje con la fortuna de tener algo de dinero sobrante. Como ya ha pasado el mediado del curso, fue momento de conseguir algunos libros nuevos para mis trabajos finales, entre ellos dos volúmenes epistolares: las cartas de Juan Carlos Onetti y de Julio Cortázar, los dos autores rioplatenses que considero mis dos grandes maestros. Pero antes de lanzarme a Gandhi o el Sótano para gastarme cerca de 900 pesos en solo tres libros, decidí darme una vuelta por los libros de viejo en el callejón a lado de Palacio de Minería. El cielo estaba claro, era un atardecer suave de octubre y la luna se asomaba en el cielo azul adelantándose a su turno. Aun me saboreaba en la boca la gelatina de grana cochinilla de mi viaje a Oaxaca. Suspiré con un poco de culpa de gastarme casi todo mi dinero, pero sabía en el fondo que ahí encontraba el placer de hacerlo. Mis ojos brillaron en el primer puesto. Antes debo aclarar una cosa: las librerías de viejo son como las calles de las prostitutas, ya que hay cosas horribles, pero también hay cosas muy hermosas; siempre se puede regatear si tienes verbo y actitud; todo se vende, tiene precio y están llenos de una hermosa nostalgia y melancolía, con recuerdos engrapados en la piel. Y sobre todo, uno puede salir satisfecho o bien más triste de lo que llegó. Vaya sorpresa que me llevé. Salí del callejón con:

1.- Cartas a los Jonquieres de Julio Cortázar (200 pesos, precio en Gandhi, 300pesos)

2.- Habla, memoria de Vladimir Nabokov (100 pesos, precio en Gandhi, 200 pesos)

3.- Obras completas de Gustavo Adolfo Becquer (100 pesos, precio en Gandhi… todos los libros juntos han de salir en unos 1000 pesos)

4.- Historia del arte de E. H. Gombrich (300 pesos, precio en Gandhi, 500 pesos)

“Wow… fuck”, exclamé.
He aquí la lección, mis jóvenes padawans. Hay un gran placer de visitar las librerías de viejo. Los grandes escritores, teóricos, historiadores se formaron no comprando en librerías nuevas y caras, sino en los viejos. Podemos leer a Lezama Lima en su diario como después de haber cobrado en el juzgado se ha quedado sin dinero al hacer una visita curiosa y casual; la Maga de Cortázar charlando con los libreros viejos a la orilla del Sena, etc. Ejemplos hay miles, porque no por nada mi padre nos llama “estudiambres”, no es tan fácil y luego es un tanto complicado sacar de las bibliotecas. Por el amor de Brausen, lo más importante en la vida, junto con amar y hacer el amor es el formarse una biblioteca grande, gorda y sana. Pero la accesibilidad del bolsillo tiene un precio. He aquí algunas recomendaciones:

Nunca, jamás vayan a los libros de viejo:

a) sin dinero, aunque no necesitan mucho para comprar obras maestras. Es un romance inconcreto, es Romeo y Julieta, parte 2. Me ha tocado sentir esa tristeza en mis ojos viendo algo de Capote o Nabokov o hasta de Proust a un precio de locos y yo sin un centavo en el bolsillo. Se rompe mi corazón. Lo bueno es que hay clásicos de la literatura (que si se deben leer, siempre, siempre) a precios mucho más bajos que a El Sótano o Gandhi les daría un infarto. Hasta los consumidores de autoayuda, superación y Carlos Trejo estarán complacidos, ¿qué más quieren?

b) Es difícil ir buscando y preguntando por un libro que puede que te dejen en la escuela. Normalmente en las librerías de Donceles (o de tu colonia o municipio, seas de donde seas en la Republica) los acomodadores se hacen que la virgen les hablan o de plano no les gustan los libros y solo trabajan ahí porque no los aceptaron en el Oxxo. Es mucho mejor el ensuciarse las manos y hacer el trabajo bello uno mismo, buscando nombres entre los lomos, total, muchos de ellos están organizados en orden alfabético y en secciones y temas, alguien ya hizo el trabajo por ti, aprovéchalo, bendícelo.
Si eres un bibliófilo novato, no preguntes a los encargados, muchos no saben, no quieren saber de los romances, solo están ahí por tu dinero y la mísera paga de los libreros avaros que ahora tomaré en cuenta.

c) Jamás, por más jodido, desahuciado, desesperado, hambriento, desenamorado, etc. estés, le vendas tus libros a un librero. Siempre buscará la manera de querer verte la cara y siempre la encontrará. A Consuelo Muñoz le tocó ver como una chica vendía varios libros gruesos y nuevos de Alfaguara y el librero avaro y sonriente le ofreció 300 pesos. Nunca entendí de quien fue la culpa de tal bajeza, si de el por burlarse de ella, o ella por aceptar tan vil trato. Al librero que compra solo le interesa tener más libros porque sabe que alguien los comprara, así que nos remite a la pregunta ¿leerá lo que cae en sus manos, o al menos lo hojeara? Tal vez buscando un par de billetes que haya dejado el viejo lector como separador, o como esperanza.

d) No todos los libreros son personajes sacados de novelas de Artl o Dostoievski, también hay quienes deberían tener su propio altar en el Tepeyac o su nicho en Roma. He tenido la bendición de conocerlos y me han traído alegría y felicidad, engrosando las filas de mi ejército literario. Paradiso de Lezama Lima en edición de la UNESCO, novelas de Juan Carlos Onetti rarísimas de encontrar, novelas de Antonio Lobo Antunes, en ediciones de bolsillo que cuestan 200 pesos a solo 75 pesos, la compilación de Guillermo Cabrera Infante, ensayos literarios… ¿qué más se puede decir?

e) Por Brausen y Santa Consuelo Muñoz, si ves el libro y traes el dinero, no lo pienses, llévatelo a tu casa. Te lo agradecerás eternamente.

Hidalgo

Yo la vi la semana pasada en su estreno con el director presente. No puedo decir que sea una excelente pelicula.No esperaba más. Encontré errores garrafales como el dialecto y modo de hablar de los personajes que son puramente Defeños y muy contemporaneos. La actuación de Bichir es, como siempre, sobreactuada, superficial, queriendo ser simpatico a la camara y, sobre todo, muestra de la gran mafia Bichir que mueve las producciones mexicanas desde mediados de los noventas: si no sale un Bichir, no es Nuevo cine mexicano.
El retrato que se le hace a Miguel Hidalgo es un resumen lamentable de todas las ideas contraheroicas que se han venido gestando en la historiografia reciente: jugador, alcoholico, fiestero, lo cual no estoy en contra de ello, todos los heroes tienen su "lado oculto y natural" pero el haberlo sacado al aire en formado "Mexiwood", copia calca de producciones (malas) Hollywoodenses (con escena de sexo innecesario incluida) da un lado falso y muy romantico que hace mucho mas falso al padre de la patria de la historiografia oficial. Es como aceptar falsamente el lado humano de un mito. En especial me molestó la escena donde Morelos hace su presentación oficial con el paliacate en la cabeza, como si el espectador fuera lo suficientemente tonto para no saber que es el arriero de la futura guerra de guerrillas del sur. Es como si en "Diarios de motocicleta", Ernesto Guevara de la Serna, "El Fuse", utilizara desde el inicio, en su adolecencia, la gorra verde con la estrella roja y la barba que caracterizará al futuro Ernesto Guevara, "El Che".
Es lamentable que saquen peliculas de este tipo, que aprovechen el tiempo de unas fiestas vacias, ruidosas, espectaculares y sin sentido alguno en una epoca de crisis y violencia como la que vivimos actualmente, donde el discurso y valor de la patria se fundemente en curiosidades historicas y "trapitos" de los heroes patrios,antes negados y prohibidos, donde el morbo y el espectaculo sirven para cubrir el terror militar y policiaco que vive la nación.

Respuesta a la critica en IndirectoTV: "Tienes razón, este tipo de peliculas te hacen aprender de ellas: como no se debe filmar como cineasta, como no se debe escribir como historiador, como no se debe creer las cosas masticadas y ficcionalizadas como mexicano."